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La tristeza alegre


Se levantó de la cama, despacio, como siempre. No quería afrontar el día. Todo le pesaba. Solo el hecho de pensar en lo que le esperaba, hacía que se le hundiera el alma. Un trabajo que no le llenaba, una familia que no amaba, una vida que no le hacia feliz. Pero debía hacerlo.


Así que, se levantó con dificultad, se dirigió al cuarto de baño y mientras se duchaba se masturbó. Fue una de esas pajas que te hacen olvidar por unos instantes tu triste vida. Para luego, percatarte de que la vida que llevas es más miserable de lo que pensabas anteriormente. El hecho es que en casa no había nadie, así que el hombre podía permitirse gritar y gemir todo lo que deseaba. Se quedo muy satisfecho. Vacío, pero satisfecho.


Hacía un poco tarde al trabajo pero no le importaba. Nadie se moriría por su ausencia. Se vistió despacio, desayuno lo primero que encontró, salió de su refugio y se enfrento al mundo. Como todos los días, de camino al trabajo observaba la gente de la calle. Extraños con sus vidas privadas, quizás más interesantes que la suya. Anónimos, perdidos, sin futuro. Actores del día a día. El tiempo se detenía y todo le parecía tan extraño, tan banal, tan retorcido. El mundo era una paradoja sin sentido y el se encontraba en el medio de un laberinto sin salida. Cada día se lamentaba y arrepentía de la vida que llevaba. Era una vida normal, como la mayoría. Pero no tenía los cojones para promover un cambio radical. Se consideraba un cobarde infeliz y lo admitía sin tapujos. Se trataba de una lucha a supervivencia de él contra el universo entero.


A veces, tenía ganas de llorar, de abandonar y dejarlo todo a perder, pero no podía hacerlo ni permitírselo. Era un hombre, fuerte y capaz de soportarlo todo y ya tenia una edad para seguir soñando con fantasías estúpidas. En su juventud había soñado con ser músico, una estrella del rock que cambiaría todos los esquemas de la historia musical. Pero su falta de determinación, seguridad y desempeño le habían limitado a conformarse con escuchar sus álbumes preferidos, en su pequeño estudio, sentado en su vieja butaca, cerrando los ojos y soñando con una multitud que lo aclamaba. Dejando atrás todo esto, ahora tenía unos gastos que afrontar y un piso que pagar y unos hijos que mantener y… Era la misma historia de siempre. Los hombres no lloran, se repetía una vez y otra. Los hombres no lloran.


Llegó al trabajo, saludó sus compañeros con una gran y vacía sonrisa. Se sentó y empezó sus tareas. De vez en cuando, miraba por la ventana y soñaba con lanzarse. Soñaba con que no llegaba a caer y que volaba y lo contemplaba todo desde el cielo. Las vistas des de aquel piso tan alto eran tan hermosas… Mirar al cielo le permitía poner su mente en blanco y vaciarla de todo.


– ¿En que momento dejé de vivir por mi mismo? – Se preguntó.


El hombre se levantó y se fue al aseo. Cerro la puerta. Necesitaba descargar su energía una vez más. Se sacó el miembro y empezó a menearlo con rabia. Cerró los ojos y fantaseó con aquella novia que dejó escapar años atrás. Quizás, con ella a su lado, ahora todo sería más fácil y el más feliz.


Siempre había tenido el morbo de hacer aquello en el trabajo. Era su mayor acto de rebeldía. Aquello le daba energías. Cuando termino, abrió los ojos, alzo la mirada y se cruzó con la mirada de un niño joven. Era un niño alto, delgado, con la mirada llena de vida y ilusión y una sonrisa de las de verdad, de las que ya no acostumbraba a ver. El hombre se sobresaltó.

Como acto de reflejo cerro los ojos, los apretó y los volvió a abrir tratando de entender que estaba pasando. Y esta vez se encontró con el mismo, de cara en el espejo. Y contempló una de las imágenes mas tristes de toda su vida.


Y fue entonces cuando se vio a él, allí plantado, cogiendo su feo rabo con la mano. Vió su cuerpo que envejecía, una barriga fea, cabellos blancos, pelos en la nariz y unos ojos tristes llenos de ojeras. Se sintió tan solo en el mundo, tan miserable. ¿Él era aquello? No se reconocía.


¿Qué se había hecho de aquel niño? ¿Dónde había ido? No reconocía al monstruo que había delante suyo. ¿En qué se había convertido?


Pasadas las horas, el día oscureció y todos volvieron a casa. Los pasillos de la oficina estaban vacíos, una luz temblaba y solo se oía el sonido de la impresora. El señor se estaba meando, de hecho hacia unas 2 horas que apretaba su vejiga, pero no quería ir al lavabo. Le aterraba la idea de volverse a encontrar con la imagen en el espejo.


Dejó el trabajo a medio hacer. Pensó que ya lo terminaría mañana y se fue hacia casa. Su sorpresa, cuando llegó a la entrada, fue ver que había empezado a llover. El mundo se veía más triste que nunca, pero había una cierta belleza en ello. Era una tristeza feliz. Todos corrían, se refugiaban y se escondían debajo sus carpetas o paraguas. Parecían cucarachas huyendo de la masacre. Pobre gentuza. El señor cerró los ojos y respiró profundamente, como no había hecho durante mucho tiempo. Levantó la cabeza y dejo que el agua recorriera su rostro y le hiciera sentir joven de nuevo por unos instantes. La lluvia no se detenía y producía una melodía tranquila y a la vez caótica. Aquel sonido lo relajo, y en medio de todo el meollo, la gente corriendo, los coches pitando, los charcos, las luces y los truenos, el señor se dejo llevar y soltó todo lo que se estaba aguantando. En aquellos instantes, nada le importaba ya. Abrió las compuertas y el meado se derramó como una cascada descontrolada por sus pantalones. Estaba caliente. Es curioso admitirlo pero el hombre se sintió libre en un extraño momento como aquel.


Fue una de las pocas veces que se sintió uno con el mundo. Fue la mejor meada de su vida. La meada más feliz de su vida.


Pau Porta Giné


8/11/2016


Código de registro: 1612100081774

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