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La noche del silencio


Des de que la luna brilla en el cielo y el silencio reina en la noche, hay una historia que se cuenta en el valle a través de generaciones.


“Las noches sin luna no salgas de casa, pues el Silencio está de caza y busca sangre”. Estáis pues, avisados.


Aquella noche de otoño, maldita sea la gracia, era luna nueva y como bien dice la leyenda, aquella era la hora del Silencio. Todos los habitantes del valle cerraron las puertas de sus casas, blindaron sus ventanas y tapiaron los establos para proteger el ganado. Todo el mundo tenia prohibido salir, pues si lo hacías, era bien sabido que el demonio de los bosques, más conocido como el Silencio, te devoraría.


Llegó la hora. El último rayo de luz que provenía de la luna se apagó, el viento empezó a soplar y los cuervos a peinar el cielo. El monstruo apareció de entre las sombras, formado por pequeñas partículas oscuras que flotaban en el terror de la noche. Su pálido cuerpo surgió poco a poco de la nada y sus grandes ojos empezaron a girar en espiral. Una gran boca, con colmillos amarillos y muy bien afilados, empezó a abrirse como una cremallera y a reír a carcajadas en medio de aquel paisaje tan lúgubre. Aquel sonido, aquella risa demoniaca que todos podían oír des de sus casas, era la señal. La cacería había empezado.


El Silencio empezó a desplazarse por el bosque, flotando en el aire. El paisaje estaba desierto, ni un sonido, ni un suspiro, ni un latido… Pero algo, a unos cuantos metros de distancia, rompió aquella armonía. Aquel monstruo, tenía los sentidos muy finos, tenía alma de cazador. Nada ni nadie se le escapaba jamás. Conocía aquel bosque y aquel valle como la palma de lo que podríamos llamar su mano. Si una hoja caía al suelo, un pájaro se posaba en una rama o un insecto empezaba a volar, el lo notaría.


Así pues, a un kilometro de allí, algo había roto una rama en el suelo y el Silencio ya fantaseaba con lo que podría ser. ¿Sería un pájaro? ¿O acaso algo más grande? ¿Quizás un zorro? El cazador avanzaba silenciosamente y mientras pensaba en su futura presa la boca se le hacía agua. Las gotas de su cálida saliva iban dejando un rastro que quemaba las hojas del suelo al caer. Ya estaba más y más cerca, lo podía notar, aquel olor tan peculiar le erizaba los pelos de su amorfa cabeza y estos se alzaban como cuernos amenazando el cielo.


El monstruo se escondía sigilosamente detrás de los arboles para que su presa no le descubriera y avanzó lentamente hasta comprobar que era exactamente aquello que sus finos sentidos habían percibido. Fue entonces cuando el monstruo se sorprendió. No daba crédito a lo que sus enormes ojos podían ver. ¡Era un niño! Un pequeño, adorable y suculento niño. El Silencio empezó a hacer girar sus ojos en espiral en señal de excitación. ¿Qué hacía un niño ahí?


Hacía una infinidad de lunas nuevas que todos los humanos se escondían y no se dejaban ver. Hacía una eternidad que el monstruo no veía un niño con sus propios ojos. Para el, aquello era como soñar despierto.


Era un precioso niño, tapado con un abrigo de color verde oscuro y que llevaba una bufanda y un gorro adornado con una bola de lana. La pobre criatura hacía cara de asustado y perdido y temblaba mientras observaba su alrededor.


"¿Mamá? ¿Mamá?" – preguntaba el niño perdido en medio de la noche.


El Silencio estaba en completa éxtasis. Adoraba los niños, era uno de los manjares más suculentos. Pero los niños perdidos, temerosos e indefensos los deseaba aún más. La boca de el monstruo no dejaba de gotear y el sonido llamó la atención del pequeño niño. La criatura se giró asustadiza hacía donde estaba el monstruo. Pero por suerte el Silencio no fue descubierto. Este ya se encontraba en el lado opuesto de la escena. El monstruo era capaz de escurrirse rápidamente en un abrir y cerrar de ojos.


El único sonido que se escuchaba en el bosque eran las hojas que el viento hacía danzar y la respiración inquieta de la joven presa. El cazador se encontraba a no más de unos 3 metros de la criatura y sus ojos giraban inquietos cada vez más y más rápido.


Al monstruoso cazador le encantaba jugar así que propuso un juego. Cuando la última hoja de el árbol más próximo hubiera caído al suelo, el atacaría. El niño tendría permiso para escapar hasta entonces. La primera hoja cayó lentamente y el niño no paraba de temblar. Y la segunda hoja cayó y el niño volvió a llamar a su mamá. Y la tercera hoja cayó y el niño parecía que empezaba a llorar. Y la penúltima hoja cayo y el Silencio estaba ansioso por matar. Y la última hoja cayó y la noche empezó a sangrar.


“No había ninguna luz en el cielo,

el viento había dejado de soplar

y todos los animales sin creerlo,

empezaban a temblar.


Solo un indefenso niño,

Que había dejado de llorar.


Y al lado,

Un cuerpo que no paraba de sangrar.

Los ojos habían dejado de girar.”


Pau Porta Giné


25/11/2016


Código de registro: 1612039997054

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