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  • pauportagine

El arbusto



Para el joven Adrián, el mundo era un lugar triste y desesperanzado.


La gente de su alrededor le consideraba un chico pesimista, negativo y oscuro, pero se equivocaban. El era realista, dudaba de todo y de todos, prefería no llevarse un disgusto. Consideraba que a lo largo de su breve vida ya se había encontrado con demasiados capítulos decepcionantes. Aquella navidad que no le regalaron el juguete que pidió, aquella historia de desamor o aquel examen suspendido. Más vale prevenir que curar, decían algunos. Adrián se hizo suyo este lema.


El otoño llegó a la ciudad y con el frío, las lluvias, la niebla y los caminos cubiertos de hojas rojas. A Adrián aquella atmósfera gris y depresiva que había en el aire le encantaba. Transportaba su mundo interior al mundo real. Le hacía comprobar que el tenía la razón, que el mundo estaba perdido y que no tenia salvación alguna.


Tomó el camino más largo para llegar así justo a la hora de empezar las clases. Prefería no encontrarse con sus compañeros de clase esperando en la entrada del instituto. Eran todos una panda de estúpidos. No, de echo no odiaba la gente, sino su obsesión por las conversaciones inútiles y banales. Parecía que la gente vivía aterrada de los silencios y estaba obsesionada en cubrirlos de la forma que fuera, aunque fuera una conversación vacía, sin ningún tipo de futuro. En cambio Adrián, adoraba los silencios, para el eran la mayor expresión de la verdad. Era en frente de ellos que la gente se sentía expuesta y mostraba sus verdaderos miedos o su verdadera identidad. Era por eso que la gente se apresuraba a romperlos.


El joven se acercaba a la estación de trenes. Para llegar a su instituto, Adrián tenia que cruzar un puente que pasaba por encima de las vías del tren. Era la estación de tren más horrenda que había visto en su vida. El antiguo edificio no le parecía nada mal pero, ahora hace unos cinco años, destrozaron el paisaje. Con la finalidad de proteger las vías y las andanas de las lluvias, se construyeron unos porches, con unas formas ondulantes que recorrían las vías. Esos porches estaban hechos con unas láminas de metal que tenias pequeños espacios vacíos entre pieza y pieza. Aquella construcción, al principio llegó a ser todo un éxito de diseño y modernidad, ya que representaba que eran como olas enormes que se extendían hacia el horizonte. Pero la verdad es que no dejaban ver el edificio original de la estación, que era lo realmente bonito de ver. La cuestión es que fuese quien fuese el arquitecto que ideó aquella mierda, consiguió que el paisaje de la estación no tardara en parecen el cementerio más macabro que había visto nunca. Las palomas detenían su vuelo encima de la construcción y cuando se decidían a alzarse de nuevo, quedaban horrorizadas al comprobar que simplemente no podían. Sus patitas quedaban encalladas en los espacios que había entre las laminas de metal y les resultaba imposible liberarse. Así que, imaginaros la escena de ir andando por el puente que cruzaba las vías y presenciar una cantidad considerable de palomas atrapadas en la construcción. Algunas luchando desesperadamente por su liberación, otras muertas y otras siendo devoradas por los gusanos. Aquella construcción representaba el mensaje más crudo y duro del mundo.


De todas formas, supongo que de cualquier cosa se puede extraer el lado positivo. Y es que aquella construcción abominable solucionó el problema que tenia la ciudad de superpoblación de palomas.


Dicho esto, la gran y original solución del ayuntamiento al conflicto fue extender una larga lona por la superficie de las olas metálicas. Esto detuvo la escabrosa imagen.

Adrián cruzaba el puente de la estación y miraba hacía el horizonte. Él no se dio cuenta pero algo, no muy lejos de allí estaba creciendo. Las lluvias de todos aquellos días habían creado un charco encima de la inmensa alfombra que había tendida encima de los porches. El agua, el viento y la tierra habían dado vida a un pequeño arbusto, pero este era aún tan pequeño, tan minúsculo que, de momento, no podía ser apreciado a simple vista.


Fue unos días más tarde cuando Adrián lo vio por primera vez. El chico se percató de que encima de aquellos porches, que habían traído tanta muerte y crueldad, estaba creciendo vida. Las otras gentes que cruzaban el puente y veían aquel fenómeno fantástico de la naturaleza no se detenían para apreciarlo bien. Había gente que incluso no se daba cuenta de aquello y que simplemente avanzaban absortos en su mundo. Pero Adrián fue distinto al resto de los habitantes de aquella ciudad y detuvo sus pasos y se acerco hacia el limite del puente para contemplar, todo lo cerca que podía, aquel mágico fenómeno. Un pequeño arbusto emergiendo del frío metal.


Unas contadas ramitas salían del interior de la superficie metálica como por arte de magia. Tímidas, frágiles y despeinadas. De un verde tan intenso, tan vivo, que no se podía comparar con nada que hubiera visto anteriormente. Aquello, desde luego, no se podía considerar un arbusto, pero si continuaba creciendo de aquel modo quien sabe a donde podría llegar.


Después de lo sucedido aquel día, Adrián no dejaba de mirar hacia el pequeño arbusto cada vez que cruzaba el puente. Todos los días salía emocionado de casa por la mañana para comprobar si el pequeño ser viviente había crecido ni que fuera un poquito más. Había algo en todo aquello que realmente emocionaba a nuestro tan pesimista Adrián. La razón de tanto interés quizás surgía de que aquel fenómeno rompía todos sus esquemas y creencias que tenia sobre el mundo y el universo. El joven pensaba que la humanidad y la vida en la tierra estaba llegando a su fin. Que donde antes había esperanza y sueños, ahora solo había muerte y violencia. Que luchar por los sueños era una farsa. Que no importaba lo mucho que uno se esforzaba, porque el mundo era injusto, ya que la vida era la mayor de las condenas. Y que la bondad estaba sobrevalorada. Todo el mundo sabe, desde el fondo de su corazón que los que siempre salen ganando son los más cabrones. Pero aquel pequeño arbusto, tan frágil, delgado había nacido en el paisaje más desolador posible, en aquella ciudad de mierda, en los confines del mundo. Este echo, para Adrián, lo cambiaba completamente todo.

Los días pasaron, los meses, las estaciones, los años y Adrián poco a poco fue cambiando su forma de ver la vida y el mundo. Pensaba que si aquella planta había nacido allí, quizás si que todo podía llegar a ser posible.


El joven adquirió la suficiente fuerza para seguir adelante. Terminó sus estudios de la ESO, conoció a sus amigos de toda la vida, tuvo su primer y tóxico amor, del cual aprendió muchas cosas, se enfrentó a los exámenes de bachillerato, se preparó para la selectividad, entró en la universidad que se había propuesto, se mudo lejos de aquella ciudad gris, y superó retos y conflictos que nunca antes había ni imaginado.


En definitiva, Adrián se atrevió a crecer, a madurar y a emprender el viaje de la vida. En paralelo, el pequeño arbusto también lo hizo.


Habían pasado unos 4 años desde que Adrián y el arbusto se habían conocido. El pequeño ser vivo se había vuelto una galante planta de fuertes raíces y de salvajes ramas y hojas. Ahora si que nadie ignoraba su presencia y todos al cruzar el puente, la miraban.

Adrián ya no tomaba el camino de la estación en su rutina. Ahora el chico vivía en otra ciudad e iba a la universidad. Vivía con entusiasmo su nueva etapa de la vida. Salía prácticamente todos los fines de semana de fiesta, no dejaba de conocer gente interesante y de experimentar nuevas sensaciones. Apenas se acordaba de sus raíces y cuando volvía a su ciudad natal estaba demasiado ocupado en los trabajos de la universidad y en visitar a sus viejos amigos del instituto. Adrián se olvidó completamente del arbusto.


Durante sus años de universidad Adrián aprendió a volar. Conoció mucha gente interesante, descubrió que era el amor y conoció más acerca de el mismo. Aprendió a ser más paciente y menos exigente consigo mismo. Aprendió que la vida es corta y que aunque nos cueste dejar de mirar atrás, el presente nos espera. Y aprendió que todo tarde o temprano termina, y así fue. Después de 4 años de primavera, finalmente el otoño también llego a la gran ciudad donde Adrián vivía ahora. El chico terminó sus estudios y se encontró con la vida laboral real. Todos y cada uno de los sueños que había alimentado a lo largo de todos aquellos años se apagaron lentamente. El espectáculo de fuegos artificiales había llegado a su fin.

El tren viajaba con destino a las raíces y en el viajaba Adrián, sin dinero, sin hogar, sin esperanzas ni amor. Recuperó sensaciones y sentimientos que creía olvidados y su pesimista forma de ver el mundo resurgió de sus cenizas. Se sentía como una paloma atrapada en la tierra. Y entonces se acordó de la última vez que se sintió así hace ya unos 4 años. Y se acordó de ese pequeño arbusto luchando contra el frío para poder vivir. ¿Cómo había podido olvidarse? Necesitaba verlo de nuevo.


Se bajo del tren el primero. Recorrió los pasillos de la estación a pasos acelerados y cogió la ruta que pasaba por aquel puente encima de las vías. Todo seguía igual que como lo había dejado. El tiempo permanecía congelado en aquella ciudad. Solo que ya no existía ningún arbusto encima de aquel metal frío y gris. En su lugar el agujero en donde sus raíces se habían acomodado. Toda brizna de esperanza que podía conservar el chico se la llevó el viento de forma violenta. Si aquel arbusto, que parecía que lo podía todo, resultaba que al final no había podido sobrevivir… ¿Entonces quien o que lo haría?


Adrián sacó su teléfono móvil e hizo una foto en aquel agujero que había en el mundo. Guardó el móvil y se llevó aquella imagen con el. Se subió la cremallera del abrigo, se puso la capucha y siguió su camino. Empezaba a llover. Siempre era otoño en aquella ciudad.

Lejos de la presencia de Adrián y a escondidas del mundo, un nuevo arbusto, aún diminuto había empezada a crecer.


Pau Porta Gine


24/10/17


Código de registro: 1710254643791

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